viernes, 18 de marzo de 2011

¿MI MEJOR AMIGO ES LA TELEVISIÓN?



Una pregunta que nunca creí que fuese importante y que nunca pensé en contestar fue ésa: ¿M i m e j o r a m i g o e s l a t e l e v i s i ó n?

Esta es mi historia, bueno también es la de mi perro Tibi, mi mejor amigo, aunque antes no me había percatado de ello. Siempre que caminaba a casa agotado y aburrido después de salir de la escuela me reconfortaba saber que allí en la sala estaba la tele esperándome, entonces aceleraba el paso. Un día al salir de clases me vi en medio de un fuerte aguacero, pero esto no impidió seguir mi partida, mi mente estaba enfocada en mi programa favorito.

Al llegar, tibi se encontraba sentado viendo fijamente hacia la carretera, podía ver a través del vidrio que estaba esperándome, pues al verme solo saltaba y ladraba, esto era de todos los días y como siempre yo lo ignoraba y le gritaba- ¡Cállate perro mugroso! Él se ponía triste y se alejaba, más no por mucho tiempo. Descargué mi maletín y me dispuse a ver la televisión. Sentado en el piso frente a la gran pantalla mí perro se arrimó y me ofreció una toalla, ¡no sé de donde rayos la sacó! Se la recibí y medio me sequé. Me pasaba todo el día viendo televisión, y no dedicaba ni un segundo a Tibi.

Él trataba de llamar mi atención sin resultado alguno: pues primero me dio un leve empujón, luego fue a una habitación donde tenía todos mis juguetes, tomó un balón y lo puso en mis piernas, después tomó un barco de juguete y lo puso a mis pies, pero yo lo eché, hizo cosas muy locas como montar en monopatín y hasta se paró en dos patas y bailó, pero nada de eso llamó mi atención. Tibi al ver mi falta de interés muy doliente dejó la sala, fue a mi cuarto abrió una maleta y decidió empacar sus cosas: su plato en el que comía, su cepillo con el que pocas veces por regaños de mamá lo peinaba, su hueso que tanto mordisqueaba y su collar que daba a entender que tenía un amo, mas no uno bueno, y se fue, y claro, yo ni cuenta me di.
Solo sentí el frio viento que entró cuando Tibi abrió la puerta para irse, mas yo no imaginaba que había sido él, de repente ¡un gran estallido!, se fue la energía, todo quedó oscuro y en silencio, lo único que daba luz y hacía ruido eran los rayos, truenos y relámpagos, el frio aún se sentía en la sala. Fueron las circunstancias las que me hicieron buscar a mi perro. No lo encontré.

Ahora si que me sentía solo, asustado, a veces pensaba en Tibi, en cómo estaría, ¿bien o mal?, pero los terribles ruidos me interrumpían y entonces me preocupaba mas por mí. A veces hace falta pasar por malos ratos como me pasó para entender cuán importante es un amigo, uno de verdad, no como la tele que ahora sí no estaba para ayudarme a ignorar el mal tiempo, uno que entendiera mi preocupación, un amigo como Tibi. No sé cuánto tiempo pasó hasta que todo acabó. Traté de prender el televisor, pero la energía aún no había llegado y como no tenía nada que hacer, salí a buscar a Tibi.

Eché un vistazo alrededor de la casa, hallé entre la maleza un lazo, pelotas, muñecos, todo estaba abandonado y en mal estado, esto me puso a pensar en cuánto tiempo a lo igual que esos juguetes abandoné a Tibi, a mi perro, a mi fiel amigo. Me apresuré a buscarlo, pregunté en la casa de cada vecino, ninguno lo había visto.

Sentado en la acera de la carretera, decepcionado tanto de la búsqueda sin resultado alguno, como de mí, porque era culpa mía que Tibi tomara esa decisión, entonces lo ví.

-¡Tibi! – Grité – el me miró fijamente y yo corrí hacia él, estando en medio de la carretera me ladró, me detuve asustado y en un segundo lo veo corriendo hacia mí con gran velocidad, -¡me atacará! – pensé – saltó y me empujó, escuché un pito, el motor de un auto y el rechinado de sus llantas contra el pavimento cuando frena en seco. Al levantarme entendí lo que pasó: Mi perro no me iba a atacar, me empujó para salvar mi vida del carro que estuvo a punto de arroyarme, me sentí feliz de que mi perro aún me quisiera, pero mi dicha duró poco, porque allí en la carretera justo donde yo estaba, Tibi se hallaba tirado, inerte, sin ningún indicio de vida. Jamás me sentí tan vacio por dentro como ese día, en ese momento.

Voy camino a casa y estoy ansioso por jugar con Tibi. Después del susto que me dio al hacerse el muerto, un truco que no recordaba que le enseñé, ¿Quién se imaginaba que él todavía lo sabía hacer?;quiero pasar todo el tiempo posible con mi mejor amigo. Estoy feliz con Tibi, le compré nuevos juguetes con los que ambos podemos jugar. ¡Ah! Y ya se la respuesta a la pregunta, pero no creo necesario decirla, con lo que he contado, seguro ya la sabes.

Cristian David Agreda Arias
9-7

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